YA NO BEBO MÁS

Mañana no bebo más. Me encuentro fatal, todo me da vueltas y huelo a licorería. Acabo de fumarme un cigarro y tengo ganas de vomitar. Qué asco. Mañana no bebo más de verdad, me da todo vueltas, espero ser capaz de dormirme.

Buff. Será mejor que me tome una copa de cava más. El cigarro me ha sentado mal, me voy a tomar una copa y cuando se me baje el mareo me voy a la cama… Y ya mañana no bebo; esta actitud es ridícula, no me lleva a ningún lado, me duele el estómago y seguro que mañana me cuesta levantarme. No puedo seguir así, quiero tener ganas de vivir y este comportamiento no me está ayudando.

Oye, pues no me ha sentado nada mal la copa, me voy a tomar otra, me relajo y me voy a la cama.

Estoy a gusto, otra más.

Y otra.

5 meses después:

Son las 5 de la mañana, me quedan 3 horas para entrar en el trabajo. No me puedo dormir, me tiembla todo el cuerpo, tengo frío. No sé qué hacer; en el trabajo no van a aguantar una excusa más. Estoy por tirarlo todo por la borda, irme al “Trote”, el after del barrio donde están todos los ´mataos´, dejarme envolver por la gente, tomarme una copa, dos, tres, las que hagan falta para matar este sufrimiento y luego volver a dormir; levantarme a las 5 o a las 6 de la tarde, ir al bar “La corriente” a tomar un bocadillo y empezar a pedirme botellines hasta que vuelva a anochecer. No puedo más. No quiero ir a trabajar, no lo aguanto. No aguanto esta vida insulsa, ser como un robot: trabajar, comer, dormir, despertarse; trabajar, comer, llegar a casa, dormir y otro día más. Necesito respirar.

Cojo aire, me levanto de la cama, me tomo un vaso de coñac, la única bebida que me queda en casa, la que guardo para cuando viene mi padre a visitarme. Me vuelvo a tumbar y duermo hasta que suena el despertador a las 7. Me levanto. Salvada, un día más.

11 Meses después:

El reloj del despertador brilla con toda su intensidad, son las 5 de la mañana, estoy temblando, no me puedo levantar, no me tengo en pie. Sólo puedo dar vueltas en la cama y sentir el sudor frío. Me digo a mi misma que sólo tengo que esperar una hora más para bajar a “Los paisanos” que abre a las 6 y 30.

Mi vida es un desastre, no tengo trabajo, vuelvo a vivir con mis padres, no paran de atosigarme con que no llevo una vida normal. Sólo deseo que pasen los minutos para poder irme, beber una copa o dos y poder volver a casa; recoger el cuarto y hablar un poco con mi madre, que vea que todo va bien.

No sé cómo he llegado a este punto. No sé qué hacer para estar mejor, mi único consuelo es beber un poquito más, calentarme, estar serena, tener fuerzas para empezar el día. Sólo con un par de copitas de coñac. Ya sé que no puedo seguir así, mañana ya no bebo más, no bebo más, de verdad.

AUTOR:   MIRIAM CASTILLA BLÁZQUEZ

YO DE MAYOR QUIERO SER ALCOHÓLICO

Niño, si tomas alcohol te volverás loco y acabarás viendo bichos por las paredes”. Y me lo dice mi padre mientras se toma a grandes tragos una de las cervezas que acabamos de adquirir en el supermercado tras estudiar detenidamente cada marca de la infinidad de estantes dedicados a esta bebida….En muchas de las películas que veo los personajes se sirven una copa en momentos importantes del desarrollo de la misma.

No sé porqué pero tanto la estética de esos licores como la forma en que los saborean despiertan mis ganas de beber. Aunque es cierto que no siempre el consumidor de alcohol es el “bueno” de la peli y que muchas de las escenas en las que se bebe son desagradables, estos casos también tienen para mí un gran atractivo…. A mis hermanas les dan un vasito de orujo cuando tienen el periodo y dicen que es para mitigar sus dolores. He pillado a alguna de ellas haciéndose la dolorida para tomar un poco más…Cuando las muelas le dan guerra a mi madre, se enjuaga la boca con ginebra para que se las anestesie. Dice que es como si fuera un medicamento pero luego se la traga y no parece que le disguste…Mis primos mayores me insisten en que cuando queramos mis amigos y yo nos compran algunas botellas y refrescos en el supermercado para que las bebamos a su salud y podamos divertirnos el fin de semana, que para eso somos jóvenes…En navidades nos juntamos toda la familia para celebrar la nochevieja. Después de comer las uvas, los adultos brindan con cava y a los niños nos dejan hacerlo con un poco de sidra, que es menos fuerte… He tenido un problema en el colegio con mis compañeros y me he sentido muy mal. Mi mejor amigo me ha dicho que lo olvide y me ha invitado a su casa porque no están sus padres y sabe dónde guardan el alcohol. Me asegura que voy a ver las cosas de otra manera después de que tomemos un poco y pasemos la tarde jugando con la consola…Mis padres me repiten a diario que es bueno hacer deporte en compañía, compartir aficiones y dialogar con los amigos para que la relación sea sana pero les veo ir de bar en bar con sus amistades y poco más. Les noto animados y parecen pasarlo bien.

No son como los borrachos que salen sólo a beber, ellos salen a relacionarse y, mientras, se toman sus cañas o unos vinos… Mis profesores nos hablan de los peligros del alcohol pero en el recreo veo a alguno de ellos ir al bar donde nosotros compramos los bocatas y pedirse un pincho de tortilla y una cerveza, o dos…El señor Li es el dueño de la tienda de la esquina. Tiene de todo, hasta comida y bebida. Muchos de mis vecinos compran allí las litronas porque queda cerca del parque y no les pone problemas para dárselas…Todos los días al venir de clase veo a las mismas personas tomando el aperitivo en los bares del barrio. Sé que muchos de ellos trabajan y pienso que deben ganar un buen sueldo para permitírselo. Incluso cuando salgo por la tarde algunos siguen allí. Seguro que comen rápido y van a tomar café antes de volver al trabajo…El finde pasado ingresó en el hospital un chaval de mi edad con un coma etílico.

A los pocos días iba por la calle como si no hubiera pasado nada y, aunque le conozco sólo de vista, no me parece mal tipo ni creo que tenga problemas. Estoy convencido de que se le fue la mano y poco más…Mi familia suele contar una anécdota sobre mí que les hace mucha gracia. Dicen que cuando era más pequeño una vez me preguntaron qué quería ser de mayor y yo dije “alcohólico”. Por lo visto, esta respuesta les asustó mucho hasta que añadí…”pero un alcohólico bueno y feliz, como vosotros, mis amigos, mis profes, los vecinos y la gente normal y corriente.

AUTOR:   LEANDRO PALACIOS AJURIA

LOS “SUPERPODERES” DEL ALCOHOL (III): INTELIGENCIA SUPERIOR

“Pero qué inteligente soy. Sé que mi inteligencia es única, sé que supera con creces a la de quienes me rodean y sé que me envidian por ello. En definitiva, lo sé todo. Aún intento averiguar el porqué no me han ascendido en mi trabajo (el jefe, seguro, se siente amenazado por mi capacidad intelectual) y qué es lo que hace que mis compañeros se aparten de mí cada vez que llego a la oficina (está claro, les atemorizo).
Incluso mi última novia me dejó argumentando que soy prepotente, arrogante y despectivo y no tan listo como me creo, más bien bastante torpe y maleducado. Bueno, ella se lo pierde…Volviendo a mi  capacidad intelectual, me apasiona hablar conmigo mismo y mantener largas discusiones internas en las que interpreto a la perfección varios papeles. La pena es que nadie más que yo disfrute de tamaña demostración de inteligencia.

Es cierto que mi expediente académico no es para tirar cohetes pero no estudié más porque, como todo el mundo sabe, los superdotados enseguida alcanzamos el nivel exigido y a partir de ese momento nos aburrimos y acabamos teniendo malos resultados por desinterés, no por falta de capacidad. Me ha pasado lo mismo en los muchos trabajos que he tenido y de los que me he ido – aunque digan que me han echado – debido a su escaso aliciente y pésima proyección de futuro para un talento como el mío.

En definitiva, prefiero perderme en mi fascinante mundo íntimo que desaprovechar mi preciado tiempo y desgastar mi inteligencia en las simplezas que llenan las vidas de los demás. Estoy convencido de que soy un adelantado a mi época y de que, como a tantos otros genios, la historia me dará la razón en unos años. Hasta que se me haga justicia, me conformaré con gratificarme a mí mismo cuanto haga falta (y ello bien merece que lo celebre con mi ¿quinto? whisky de la tarde…¿o es ya de noche?) y mostrar a los otros la condescendencia del sabio con el lerdo (¡¡mi última novia se permitió el lujo de decirme que fuera a un centro donde traten el alcoholismo!!). Bueno, me tomo el último y me voy a casa porque el idiota del camarero dice que estoy hablando en voz alta y que ya es hora de cerrar…”

AUTOR:   LEANDRO PALACIOS AJURIA

LOS “SUPERPODERES” DEL ALCOHOL (II): SUPERFUERZA

“De pequeño me fascinaban los tebeos de Astérix y Obélix. Soñaba con ser tan fuerte como ese pequeño galo que era capaz él solo de apalear a todo un regimiento de curtidos soldados romanos. Ni que decir tiene que su compañero grandote era aún más fuerte, aunque no gozara de la inteligencia de Astérix. Me quedaba embobado viendo cómo el druida de la aldea (Panorámix) elaboraba su ultrasecreta poción mágica y, con ella, trasformaba a sus convecinos en superhombres. Me pregunté una y mil veces qué se sentiría con tal poder y cuál sería el sabor de la pócima. Me imaginaba que muy sabroso pues, de no serlo, un glotón como Obélix no daría tanto la murga al druida para que se la dejara probar. picture1

Crecí con esas estampas fortaleciéndose en mi cabeza mientras que mi desarrollo físico no iba a la par. Tanto es así que para llegar a ser un alfeñique tendría que entrenar duramente y seguir una dieta hiperproteica. Esta circunstancia aniquiló la poca seguridad que tenía en  mi mismo (dejo mi historia familiar de abandono y de nulo reconocimiento para otra ocasión) y me llevó a sentirme inferior a cualquier persona y en cualquier aspecto, convenciéndome de ser incapaz de afrontar tareas que requieran esfuerzo de algún tipo.

He de añadir además que muchas de las personas que han pasado por mi vida o se han aprovechado de mi debilidad o, lo que para mí es peor, se han apiadado de la misma, consolidando de esta manera una imagen de mi mismo penosa e ingrata. No obstante, un día todo cambió. Muy a mi pesar, me dejé convencer por unos amigos para entrar en una discoteca donde me insistieron (prácticamente me obligaron y no puse resistencia porque…¿para qué?) en que tomara un combinado de no recuerdo qué bebidas alcohólicas. No había probado el alcohol en mi vida y le tenía miedo a sus consecuencias pero fue como si un rayo me recorriera de arriba abajo, incrementando exponencialmente mi fuerza y mi seguridad conforme bebía y llevándome – lo juro – a experimentar en mi persona los resultados levitatorios de la poción mágica en Astérix (ver imagen).

Desde ese momento he encontrado en el alcohol mi poción mágica y procuro no sólo ingerirla con frecuencia, pues cuando remiten sus efectos es como si todo se lo tragara un desagüe gigante, sino que me compadezco cada vez más de “esos romanos locos” que me dicen que estoy envenenándome y que la fortaleza superior que poseo sólo existe en mi cabeza”.

Spain is diferent

En un foro, un sujeto lanzaba la siguiente pregunta-afirmación:

“Bebo de 6 a 10 cervezas diarias mínimo, ¿soy alcohólico por eso ? es que a mi me parece normal, quizá no debería todos los días, pero tampoco debe ser tan malo no ?? joder que no me “drogo” ni nada !!” spain

Estas eran de las respuestas:

  • Si, es bastante…pero no creo que sea preocupante…auque estaría mejor 4 o 5 al día..
  • Los médicos noruegos recomiendan tomar 1 litro de cerveza al día. Tiene minerales para parar un tren y es la mar de sana. El problema del alcoholismo es otro; ¿tomas esa cerveza porque te apetece o porque no puedes vivir sin ella?
  • Yo me tomo mas o menos las mismas, no hay problema, Además he estado varias semanas sin beber y ningún problema.
  • No pasa nada, yo hay épocas que también le doy bien, sobre todo en verano.Eso sí, puedo pasar un mes sin catarla.
  • no, yo lo veo normal, 1 litro al día o así no?

En España el consumo de alcohol estyá muy extendido y socialmente aceptado, ligado a la mayoría de los acontecimientos sociales de nuestra vida cotidiana, presente en todo tipo de reuniones o actos lúdicos como bodas, bautizos, cumpleaños y otras celebraciones, convirtiéndose su ingesta casi en una obligación y cuya negativa conlleva en muchas ocasiones la exclusión del grupo. A quienes no beben alcohol se les tacha de extraños, aburridos o que están enfermos.

Tal vez el tópico de “Spain is different” se extiende también para la ingesta de alcohol. En España se consumen 102 litros de alcohol de media al año por habitante lo que supone que cada español se bebe 1,96 litros de alcohol a la semana ocupando la zona media a nivel mundial aunque eso sí, se bebe más barato, 709,49€ por persona y año.

Esta mal visto que la gente consuma drogas como la heroína, la cocaína, el hachis e incluso hoy en día el tabaco pero no que se beba alcohol. La ingesta de alcohol es algo que puede controlarse y no existe demasiada peligrosidad en su uso, esta es la percepción de un número importantes de los españoles, de hecho en todas las celebraciones y muchos actos sociales lo habitual es brindar con alcohol, siendo creencia común que da mala suerte brindar sin alcohol. Beberlo se asocia al ocio y al tiempo libre: se va a tomar una cerveza después de trabajar, después de practicar algún deporte o mientras se ve un partido de fútbol y factores como la desinhibición, la locuacidad, la euforia y la facilitación de la sociabilidad que produce hace que nos olvidemos de los efectos negativos como las conductas impulsivas, la disminución de los reflejos con aumento del tiempo de reacción, la disminución de la concentración y el juicio, responsables muchas veces de conductas agresivas, accidentes de tráfico y laborales, problemas de salud, etc. Sabemos que el alcohol es una sustancia que genera en muchas ocasiones un mal uso abuso o dependencia pero seguimos consumiéndola dejando de lado las consecuencias más adversas….. ¿lo sabemos o pensamos que somos diferente?.

AUTOR: PILAR BLANCO

Los “superpoderes” del alcohol (I): telepatía

“El alcohol me da poderes mentales. Por algún proceso que desconozco, cuando bebo empiezo a adivinar lo que la gente piensa y, conforme bebo más, noto cómo me adentro en la mente de quienes me rodean y cómo – aunque no lo parezca o la persona lo disimule – soy capaz de conocer sus deseos, sus miedos y sus opiniones sobre los demás, especialmente sobre mi.

El alcohol me permite saber lo que en el diálogo sobrio no aparece y lo que me llevaría mucho tiempo explicar si no fuera por mi capacidad telepática. Cierto es que en muchas ocasiones mis adivinaciones parecen erróneas pero todo es por culpa de los demás, de la envidia que sé que me tienen porque cuando bebo me convierto en alguien superior. Desde pequeño me ha dado miedo la incertidumbre y el no saber qué piensa la gente de mí.

Descubrí que bebiendo alcohol el miedo amaina, la incertidumbre desaparece y la sensación de saber, de certeza y de seguridad crece conforme tomo más alcohol. Dirán que es malo y que te vuelve loco, que la gente que vaga por las calles hablando a voz en grito está loca, beoda o ambas dos pero a mí me da poder, me hace más sabio y me evita el trance amargo de comunicarme y de exponerme a lo que los demás opinan.

Cómo me gustaría que los demás se vieran como yo les veo, llenos de contradicciones, de cosas no dichas, de opiniones y deseos que no ven la luz y que, antes bien, se transforman en sus contrarios cuando se ponen en palabras.

El alcohol me da lucidez para, incluso, entender que los demás no estén de acuerdo conmigo cuando les revelo sus más ocultos pensamientos, diciéndome que todo ello es una invención mía y que ya podía dejar de beber pues acabaré viviendo en un mundo irreal. Entiendo que se protejan de mi poder mental y que no hayan tenido la suerte de que el alcohol les mejore. No lo cambio por la inseguridad de la comunicación, del “pregunta o expón, no juzgues ni presupongas”. Quizá lo único malo de este poder mental es que noto que la gente se aparta de mí para que no les descubra y que yo también poco a poco empiezo a aburrirme de la relación con ellos pues, ¿dónde está el aliciente del descubrimiento si ya lo sabes todo sin que nadie te lo pueda impedir?”.

 

AUTOR:   LEANDRO PALACIOS AJURIA

Beber para olvidar

La capacidad de almacenamiento de nuestra mente no es infinita, y ni falta que hace. Aquellas personas que parecen estar bendecidas por lo que se denomina “memoria eidética” (también mal llamada fotográfica o memoria absoluta, más técnicamente denominada hipermnesia) en muchas ocasiones pueden encontrar en esta capacidad una fuente de sufrimiento si se aplica a la reconstrucción fidedigna de situaciones traumáticas, dolorosas o vergonzantes. En condiciones normales, todos nosotros lo pasamos mal cuando rumiamos (damos vueltas y vueltas en nuestra mente) escenas tanto temporalmente cercanas como lejanas que conlleven malestar, culpa, impotencia o indefensión. Necesitamos por ello alguna estrategia de borrado de los recuerdos asociados a tales escenas pues no sólo su presencia es nociva en sí misma sino que acaparan gran parte de la capacidad total de nuestro “disco duro”, impiden el anclaje de otros recuerdos más benevolentes y contaminan incluso aquella información y procesos mentales no directamente relacionados con los mismos. Además, necesitamos procedimientos que nos permitan extraer algo útil de lo vivido para procurarnos una mayor y mejor adaptación a nuestro presente y a nuestra realidad personal ya que, puestos a pasarlo mal, al menos que sirva para algo.

Como casi todo lo que es importante en la vida, las estrategias a las que me refiero se consiguen con esfuerzo, dedicación y continuidad. No obstante, el ser humano se siente poderosamente atraído por aquello que cubra sus necesidades de forma rápida, dejando en un lugar secundario la conveniencia o no de tales acciones. Y es aquí donde prospera la trampa del alcohol, pues aunque resulte meridiana su escasa eficacia para borrar recuerdos (los saca de la conciencia temporalmente y a veces ni eso) y sea evidente que no sirve como herramienta de aprendizaje adaptativo ya que comporta una cronificación del bebedor en procesos comportamentales y cognitivos iterativos, resulta que es rápido, barato tanto en términos económicos como de logística conductual y es placentero, al menos en los primeros tramos de su consumo.

Si bien la memoria nos convierte en sujetos diacrónicos y condensa la sucesión de experiencias, escenarios, personas, sucesos y versiones de nosotros mismos que participan en nuestra trayectoria vital en un todo coherente, también juega malas pasadas y necesita mecanismos de control, sobre todo para manejar contenidos emocionales displacenteros y desadaptativos. Beber para olvidar es un fiasco. Se bebe para escapar de manera rápida, a bajo coste y hedonísticamente compensatoria del malestar que sazona el recuerdo doloroso pero tal huida dura un corto lapso de tiempo y el dolor regresa potenciado por la culpa de beber. Como casi siempre, la mejor manera de resumirlo procede de uno de nuestros pacientes, que al reflexionar sobre estas cuestiones afirmaba…”me sentía tan mal por beber que bebía para no sentirme mal”.

 

AUTOR:   LEANDRO PALACIOS AJURIA

El alcohol y las drogas: de la ceguera social ante el alcoholismo

Toma 1

 

Les propongo el experimento siguiente: elijan unos cuantos ciudadanos normales, de aquéllos con los que nos cruzamos todos los días y preséntenles dos tipos de imágenes. El primer tipo estaría compuesto por estampas de personas bebiendo alcohol en situaciones cotidianas (una caña en un bar, un combinado en un pub, un vino en una comida o celebración, etc.). El segundo lo compondrían escenas de otras personas (incluso pueden ser las mismas) consumiendo otras drogas (esnifando cocaína, fumando hachís, inyectándose opiáceos). Tras permitirles observar detenidamente ambas clases de imágenes, háganles la pregunta…”¿quiénes de estas personas se están drogando?”. Les adelanto que la mayoría de los bienintencionados participantes señalarían tan sólo a los protagonistas de la segunda clase. Incluso si les indicaran que las personas que están bebiendo alcohol  TAMBIÉN se están drogando, muchos de ellos se sorprenderían cuando no ofenderían.

 

Toma 2

 

Tengo un amigo al que aprecio sinceramente a pesar de su personalidad un tanto básica y brusca (o quizá precisamente por ello) al que por motivos de confidencialidad llamaré “mi amigo”. El caso es que he mantenido con él en diversas ocasiones el diálogo que reproduzco – creo que literalmente –  a continuación:

 

  • Mi amigo: “Oye, Leandro, ¿en qué trabajas?”.
  • Leandro: “Soy psicólogo clínico y atiendo a personas con problemas de adicción”
  • Mi amigo: “Y qué coño es eso?”.

 

(Ahora vendría una explicación por mi parte más o menos afortuna y prolija sobre qué es un psicólogo clínico, qué son las adicciones y cómo se tratan mientras “mi amigo” me mira como las vacas ven pasar los trenes).

 

  • Mi amigo: “Pues si te digo la verdad, no entiendo porqué les gusta drogarse a los drogadictos. Roban, se les caen los dientes, les echan de casa, cogen enfermedades…”.
  • Leandro: “Ya. Ésas son las consecuencias de drogarse pero no es lo que las personas buscan en las drogas”.
  • Mi amigo: “¿Y qué c…… buscan?”.
  • Leandro: “Cada uno una cosa o varias pero sobre todo sensaciones placenteras o divertidas o quitarse de encima el malestar y los problemas.
  • Mi amigo: “Pues parecen tontos porque todo eso lo consiguen con UNA BUENA BORRACHERA y sin tener que volverse drogadictos”.

Toma 3

 

Los familiares de pacientes con adicción al alcohol añaden a las dificultades para comprender la experiencia adictiva esperables en quienes no la han vivido las procedentes de una desconfianza acentuada por la cercanía experiencial de los mismos al alcohol (“todos bebemos”). En nuestro país se sanciona tanto el ser abstemio (“brindar con agua trae mala suerte”) como el beber excesivamente y sin control (“eres un borracho”, con especial énfasis en el verbo SER, que no suena lo mismo que ESTAR). Resulta frecuente en la clínica diaria escuchar expresiones en familiares como…”no entiendo porqué mi familiar tiene problemas con el alcohol pues yo bebo de vez en cuando e incluso me paso en ocasiones y no me he enganchado a la bebida” y no es fácil desmontar los razonamientos que sustentan afirmaciones de esta índole. No obstante, si le cambiamos la droga, esta frase se vuelve ridícula y hasta teñida de humor negro……”no entiendo porqué mi familiar tiene problemas con la heroína pues yo la consumo de vez en cuando e incluso me paso en ocasiones y no me he enganchado”.

 

Toma 4

 

¿Cuántos de nuestros deportistas, actores o personajes famosos se han prestado a publicitar algún tipo de cannabis (existe todo un universo dedicado al cultivo, al consumo y al merchandising de este producto), de cocaína, de opiáceos o de sustancias psicoactivas (drogas) en general?………….¿Cuántos de esos mismos deportistas, actores o personajes famosos se cuelan en nuestros hogares a través de los medios de comunicación respaldando con su carisma la bondad de una bebida alcohólica ?.

 

 

TITULO DEL ESCRITO:      EL ALCOHOL Y “LAS DROGAS”. DE LA CEGUERA SOCIAL ANTE EL ALCOHOLISMO

AUTOR:   LEANDRO PALACIOS AJURIA

 

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Yo no soy un alcohólico

Madrid, distrito de Tetuán. Hora de cenar. Charla hogareña:
– ¡Bebes mucho Mariano!.
– No es para tanto, Matilde ¿Cuándo me has visto borracho? Nunca
– Siempre vienes cargado, Te cambia el carácter, te vuelve agresivo. Roncas cuando duermes y la habitación huele a alcohol que apesta
– Matilde, no te pases, que yo no soy un alcohólico de esos.yonosoyalcoholico

No es lo mismo ser alcohólico a secas que ser “un alcohólico”. El “un” etiqueta al alcohólico de malo y definitivo. No es lo mismo agredir que ser un agresor, bailar que ser un bailador, beber que ser un bebedor, Quizá nuestro bebedor, Mariano, esté proyectando el rechazo que siente por sí mismo. Decía Dylan Thomas que “un alcohólico es alguien que no te cae bien y que bebe tanto como tu”.

El diccionario de la RAE atribuye a este “un” una cualidad enfática que sirve para remarcar la condición de alcohólico, añadiendo un toque despectivo mediante el cual nuestro “acusado” Mariano no solo rechaza el calificativo, sino que contraataca a sus acusadores afeándoles que le etiqueten de algo malo. Sería como decir ¿Quién eres tu para decirme eso?

Y la conversación acabó así
-Mariano, mi amor, si te lo digo por tu bien. ¿Por qué no vamos juntos al médico a ver que nos dice?
-Matilde, la cena estaba rica. Tengo mucho sueño. Me voy a la cama.
-Matilde abre la ventana. Una brisa templada le acaricia el cabello mientras escucha el fragor de la ciudad. Permanece en silencio un largo rato. Cuando cierra la ventana tiene otra expresión en la cara.

 

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AUTOR: Carlos Sirvent

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