Derecho a la desconfianza

Cuánto daño he hecho y qué difícil, por no decir imposible va a ser que la persona que más quiero y a la que debo tanto llegue a olvidar. En más de una ocasión he comentado la excelente relación que tengo actualmente con  mi mujer, que como sabéis ha sido la artífice de que yo esté en vías de recuperación. Cierto es que yo he puesto mucho de mi parte, pero tan cierto como que fue ella la que logró, tras un ultimátum, que cogiese el toro por los cuernos y comenzase la recuperación. Ésto, que es cierto, no es suficiente bálsamo como para que en mi caso, más bien en el de ella, se puedan olvidar según qué cosas y no sentir desasosiego, inquietud y por qué no decirlo auténtico pánico.

 

El sábado pasado comimos en casa de unos amigos. Llevé a la mesa una botella con agua que tenía más pinta de contener orujo que agua. No sé muy bien en qué momento se me ocurrió hacer un comentario sobre la botella, diciendo algo así como que “parece que estoy bebiendo orujo”. En ese momento mi mujer estaba en el baño, pero a la vuelta el resto de comensales comenzaron a hacer bromas sobre el asunto y noté cómo a ella se le mudaba el semblante. En ese momento no me pareció oportuno preguntar nada y lo dejé pasar, la verdad es que después se me olvidó. Horas más tarde, ya en casa, se me ocurrió preguntarle si se había creído que podía estar bebiendo orujo. Su respuesta: “sinceramente sí, después de todas las mentiras y situaciones extrañas que he vivido contigo, me puedo creer todo”. No sé si estas fueron sus palabras exactas, pero sí que fue el contenido. Os he de confesar que se me cayó el alma a los pies. No podía creer que transcurrido todo este tiempo de tratamiento y habiendo llevado una conducta ejemplar, fuese capaz de desconfiar de mí. No le dije más que mi promesa de no volver a la mentiras era cierta y que nunca más volvería a mentirle pero, y aquí está el quid de la cuestión, ella se revolvió contestándome que si de repente no iba a tener derecho a desconfiar. Pues sí, tienes derecho, incluso diría más, tienes TODO el derecho del mundo a desconfiar, a no creerme en situaciones que consideres extrañas, por supuesto que sí.

 

¿Qué ha cambiado? Pues que yo ahora no bebo, no miento y no te engaño. Ya no vivo acobardado pensando en que en cualquier momento me puedes pillar, que en cualquier momento mi tono, el cómo salen las palabras de mi boca o mi comportamiento pueden delatarme y confirmar tus sospechas. Es muy jodido que tras haber superado esta enorme crisis, esta larga etapa de relación con el alcohol, sigas desconfiando, sigas temiendo que en cualquier momento pueda engañarte otra vez volviendo a las andadas. Que egoísmo, qué poca comprensión, qué comportamiento tan injusto.

 

¿De quién? ¿Suyo? En absoluto. Mío y solo mío. Por supuesto que soy egoísta, injusto y nada comprensivo. He bebido, he engañado, mentido… He llegado a desvanecerme sobre la cama, borracho perdido, sin pensar en nadie, solo me importaba yo, YO y YO.

 

¿Ahora qué pretendo? ¿El olvido? ¿Borrar todos esos momentos? No, es imposible, no hay nada que pueda hacer cambiar lo hecho. ¿Qué, me arrepiento?, por supuesto que sí. Pero no puedo exigir, ni pedir, ni suplicar más que el perdón, que lo tengo, pero nunca el olvido. Ya estoy estigmatizado, cualquier comportamiento o actitud que genere duda va a hacer florecer los malos recuerdos, la inquietud y el malestar. Soy consciente, muy consciente, de que no hay posibilidad alguna de borrar esos recuerdos. Para ella es terrible, para mí también.

 

No valoramos el daño que hacemos, del profundo dolor que dejamos en aquellos que más nos quieren. Qué complicado es y cuanta ayuda hace falta para que seamos conscientes de que no es el camino. Qué difícil es darse cuenta. Yo solo lo he hecho cuando ya no me quedaba más remedio. He puesto en peligro mi relación, a mi familia, a todo aquello que llena mi vida. Lo duro es que he sido consciente,  racionalmente consciente de que estaba destruyendo los pilares de mi existencia. Pero me ha dado igual, me dio igual, y ahora tengo que sufrir las consecuencias. No puedo, y mucho menos debo, exigir el olvido. Podría estar siglos haciéndolo pero sé que no lo lograría, por otro lado pienso ¿Soy justo si lo hago?, por mucho que me duela reconocerlo no lo sería ni siquiera conmigo.

 

Para mí es bueno no olvidar, no lo he hecho bien y ese recuerdo debe permanecer en mi mente para recordarme día a día que me juego mucho. Ya he hecho suficiente, ahora estoy bien y no quiero que cambie la situación.

 

Quiero ser justo y por supuesto que permito que mi mujer se inquiete ante cualquier sospecha.  ¿Me duele?, por supuesto que sí pero tengo que aguantarme, me lo he ganado y como digo no hay vuelta atrás. También me sirve para recordar día a día que tengo que seguir, fortalecerme con mis progresos y no volver a caer nunca más.

 

Muchas gracias.

AUTOR:    Paciente en tratamiento por adicción al alcohol

COMENTARIO AL TEXTO (EQUIPO DE F. INSTITUTO SPIRAL):

 

La reflexión de este paciente tiene el valor de aceptar que ha mentido mucho durante mucho tiempo. Muy pocas personas son capaces de admitir la mentira, entre otras cosas porque el autoengaño lo impide. Sin embargo, se puede desmontar el estigma de ser un mentiroso manteniendo la ineludible vía de la sinceridad asociada a la abstinencia. Es lo que se denomina REPRESTIGIARSE. Recuperar el prestigio social. Transformarse de falsario a honesto no es un acto de fe, sino una muestra de voluntad y constancia. Como dicen los terapeutas, lo importante no es tanto descubrir el cambio como mantenerlo.

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