Envidia y renuncia

Una de las cosas más difíciles en este proceso ha sido aceptar que hubiera personas que no tuvieran problemas con el alcohol.  Esas que podían perfectamente tomarse dos copitas,  decir basta,  irse tranquilamente a su casa sin dejar tras de sí un reguero de desastres encadenados. Esas personas que al día siguiente se levantaban tranquilamente sin resacas espantosas,  que daban los buenos días a sus seres queridos,  que iban puntuales a sus obligaciones,  que tenían un buen recuerdo de la noche anterior (o por lo menos un recuerdo),  y que pensaban “me lo he pasado estupendamente, a ver cuándo repetimos”,  que a lo mejor no volvían a beber esas dos copitas hasta dentro de varios meses,  o cuando ellos quisieran.

Era un envidia terrible, no podía aceptar que hay personas que no tienen problemas con el alcohol. En mi interior lo negaba, pensaba que eso no era posible, que tarde o temprano, iban a ser adictos como yo.  Es más, muchas veces lo deseaba,  pensaba que se lo tenían merecido,  porque su existencia me hacía sufrir muchísimo.

Todo esto, además de hacerme daño, era muy injusto para mí. Porque estos pensamientos me hacían sentir mala persona.  Además porque yo lo vivía como un castigo:   he sido mala…,  yo me lo he buscado…,  me lo merezco…,   soy débil…,   etc. etc.

Todo esto lo tengo superado.  Yo con mi refresco de cola  al fin del mundo,  sin problemas. Simplemente  acepto mi situación  y  lo intento vivir con normalidad.   De hecho, el alcohol no ocupa prácticamente ningún pensamiento en mi día a día, cuando antes no hacía más que pensar en éste.   Es más,  a veces tengo que hacer un esfuerzo para recordar  cómo me sentía.  Por ello puedo decir que estoy muy satisfecha conmigo mismo en este sentido.

AUTOR: Paciente en tratamiento por adicción al alcohol

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